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Sobreviviente a matanza en Irak confía en visita del papa

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BAGDAD (AP) — Era un domingo como tantos en la iglesia Nuestra Señora de la Salvación de Bagdad para Louis Climis. Pero ese día de hace casi 11 años terminó con los bancos ensangrentados, angustia y muerte.

Seis combatientes vinculados con al-Qaeda tomaron la iglesia a tiros y mataron a decenas de personas adentro. El ataque del 31 de octubre del 2010 fue el más sangriento registrado hasta ese momento en medio de una ola de violencia sectaria que siguió a la invasión estadounidense del 2003, en la que los cristianos sufrieron agresiones brutales. Más de una década después, sigue siendo tal vez el ataque más letal contra esa comunidad.

La carnicería hizo que muchos cristianos se fuesen de Irak y aumentó la desconfianza entre la comunidad y sus vecinos musulmanes.

Hay quienes esperan que la visita que el papa Francisco inicia el viernes ayude a sanar las heridas. Nuestra Señora de la Salvación, que pertenece a la Iglesia Católica Siriaca, será visitada por Francisco en un histórico viaje a Irak que los cristianos esperan mejore su situación en el país.

“La visita del papa nos trae esperanza de que hable con los funcionarios iraquíes y les diga que pongan fin a la violencia, que contengan a los grupos armados y protejan a las minorías”, dijo Climis.

En ese día fatídico del 2010, Climis, quien por entonces tenía 55 años, era uno de los líderes de la iglesia. Había llegado a tiempo para la misa semanal con su hijo de 18 años, Radi. Su esposa y sus otros hijos se quedaron en la casa para supervisar unas reparaciones en la cocina.

La voz del padre Thair retumbó en el interior de la iglesia cuando leyó un pasaje de la Biblia. No lo pudo terminar. En medio del sermón el primer atacante suicida hizo detonar su chaleco lleno de explosivos.

Climis cayó al piso. Aturdido, vio el caos que se produjo: humo, escombros, gritos y cadáveres.

Contó cuatro individuos armados. Debajo de un ícono de la Virgen María, uno empezó a cantar el adhan, la oración islámica.

Climis y su hijo corrieron hacia la sacristía y se refugiaron allí junto con unas 40 personas. Cerraron la puerta de madera y colocaron una vara de hierro para trabarla e impedir que la abriesen.

“Pero era delgada y hubieran podido entrar y matarnos fácilmente”, relató en su casa de Bagdad.

Climis y su hijo permanecieron tirados en el piso, escuchando el horror del otro lado de la puerta. Gritos seguidos de tiros. Los niños lloraban. Una explosión tras otra estremecían las paredes.

Uno de los atacantes le dijo a una mujer que silenciase a su hijo. Ella no pudo hacerlo y Climis oyó un disparo. El llanto cesó.

Alcanzó a escuchar al padre Wassim, quien era su amigo, tratando de razonar con los atacantes. También murió baleado.

A través de un pequeño agujero en la puerta pudo ver a uno de los atacantes. Pensó qué joven era.

Una granada cayó cerca de la sacristía e hizo estallar un botellón con agua, inundando la sala. Tiritando, Climis se dio cuenta de que le zumbaban las orejas.

Han pasado 11 años y todavía no escucha nada por la oreja derecha.

Desesperado, llamó a un amigo que trabaja en la policía. El hombre le dijo que llegaría ayuda en media hora.

Cuatro horas después se apagaron las luces y Climis se preparó para lo peor. Hubo otra explosión, más fuerte todavía. Luego se escucharon pasos y tiroteos.

Una unidad antiterrorista de elite irrumpió en la iglesia a las nueve de la noche. Climis no permitió que nadie saliese de la sacristía. No sabían qué estaba sucediendo.

Después de un minuto, alguien golpeó la puerta. “Soy tu hermano, todos pueden salir de la iglesia a salvo”.

Climis quería ver su querida iglesia por última vez, pero el soldado le dijo que no lo hiciese, que era peligroso ya que podía haber más explosivos.

Él lo hizo de todos modos.

“No le deseo a nadie ver algo así. Cadáveres desmembrados por todos lados. Vi una cabeza, manos y el torso de una persona. El resto había desaparecido por la explosión”, relató.

“En el techo había restos humanos. Se quedaron allí semanas”, agregó.

En total fallecieron 52 feligreses y policías en el ataque y la posterior operación para rescatar a los rehenes. La organización Estados Islámico de Irak, afiliada a al-Qaida, se atribuyó el ataque.

Cuatro años después, otra rama de la agrupación llamada Estado Islámico tomó el control de grandes extensiones del norte de Irak, desplazando comunidades enteras de cristianos y generando el temor de que aumentase la marginación histórica de esa minoría. Posteriormente aparecieron milicias chiítas que instalaron puestos de control y provocaron nuevas zozobras entre los que quedaban.

Dos eventos de esa traumática noche de octubre sembraron una desconfianza que perdura una década después.

En medio del caos, alguien disparó tiros desde afuera de la iglesia hacia la sacristía. Climis no pudo ver quién disparaba y pensó que eran otros atacantes. Pero resultó que fue la policía federal. Posteriormente hubo un fuerte entredicho entre la policía y la unidad antiterrorista por esa acción.

Las balas siguen incrustadas en los libros de la sacristía, según Climis.

El segundo episodio todavía atormenta a Climis. ¿Por qué la unidad antiterrorista no intervino inmediatamente al llegar a la iglesia?

“No lo hicieron hasta que recibieron el visto bueno del gobierno’, declaró Climis. La demora costó muchas vidas.

Ese día, señaló, “el gobierno iraquí no cumplió su deber para con nosotros, una antigua comunidad iraquí”.

El baño de sangre estremeció a los cristianos de Irak. Su éxodo había comenzado antes de la invasión estadounidense del 2003 y se aceleró después de la matanza. Uno por uno, muchos familiares y amigos de Climis se fueron.

Poco ha cambiado desde entonces, en parte por la posterior llegada del Estado Islámico. La mayoría de los familiares de Climis son de la ciudad cristiana Qaraqosh, al norte, y se han diseminado por todo el mundo. Los dedos de las manos no le alcanzan para contar los países donde tiene parientes.

Climis cree que la visita del papa puede despejar el camino para que la comunidad cristiana se reencuentre con su país y convenza a los líderes iraquíes de que traten mejor a los cristianos.

Climis decidió quedarse en el país y hoy es al diácono de Nuestra Señora de la Salvación, que fue reconstruida y sigue ofreciendo servicios. Su interior no muestra rasgos de lo sucedido hace una década, pero los traumáticos recuerdos siguen vivos entre los feligreses.

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